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Archivos Mensuales: diciembre 2012

Que curiosa es la vida… me encantaría ver la vida en perspectiva, por una grietita donde se pudiera ver el futuro, para poder saber como obrar en consecuencia. Ya, ya lo sé… es imposible…

Antes, quizá por culpa de las películas que vemos cuando eramos pequeños, siempre veíamos al ganador como el héroe, como el ejemplo a seguir. Ya más mayorcito, eso fue cambiando y empezamos a coger simpatía por unos malos especiales. Son aquellos que perdiendo, son honestos y un ejemplo a la hora de perder. De mayores ya, algunos cogemos cariño a las causas perdidas, y claro, perdemos estrepitosamente.

Yo creo que aprendí mucho de este tipo de malos y con las derrotas del día a día, lo intento perfeccionar. Siempre he intentado ser el perdedor elegante, aquel que toma con humor los desgastes de la vida, sin traumas ni complejos. En la vida perdemos en multitud de ocasiones, pero ese perfil de malo, aquel que no se arrepiente, aquel que intenta, por lo menos, el respeto del ganador, aquel que es reconocido como guerrero hasta el último suspiro, la última esperanza…

Es bueno, además, saber y reconocer tu derrota. Es la forma de ser mejor competidor en un futuro. Es pensar el motivo de porqué se ha perdido, cual ha sido la causa. A eso, de pequeño, es lo que nos deberían enseñar; al razonar el motivo de la derrota, de forma objetiva o subjetiva, pero entenderlo.

 Los bosques serían demasiado silenciosos si cantaran sólo los pájaros que mejor lo hacen.

Los bosques serían demasiado silenciosos si cantaran sólo los pájaros que mejor lo hacen.

Cuando hablo de perdedores y su honra, conociéndose derrotado, siempre recuerdo esta canción…

Ayer salí tarde a la calle en un día frío y lluvioso. Era de noche profunda y poco apacible.

Cuando era pequeño, siempre recordaba que la noche era un lugar confuso, algo de mayores. Ahora, ya más de mayor sigue siendo una zona confusa. Es el espacio donde se deciden las cosas de complejas. Cuando era poco mayor de adolescente, conocí la noche y sus musas. Esas musas, esos héroes de pies de barro de la victoria fácil, o bien, aquellos que tienen algo oculto, algo que ante la vista de la luz no puede ser visto, algo a tapar.

Aún así me gustó la noche. La parte visual queda en un segundo plano y aparece las esencias. Las buenas y las peores, las visibles se pierden y sorprendentemente aparecen las partes más ocultas. No importa la luz, son focos de neón. No importa el aspecto, todos al final, en la noche y con las luces de ciudad son gatos pardos. No hay diferencias en los tonos amarillentos de las farolas encendidas ocultas por el gris de lluvia por las nubes bajas. Amarillentas, opresoras, axfisiantes y agobiantes como techos cercanos. Con este matiz, la noche se me representa como el último punto de la madurez.

Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se entrega al instinto del caballo.

Cuando bordeamos un abismo y la noche es tenebrosa, el jinete sabio suelta las riendas y se entrega al instinto del caballo.

Cuando hablo de noche oscura o profunda, siempre recuerdo un poema de Goytisolo, que habla sobre algunas noches…

Alguna noche -las fogatas eran
de dolor o de júbilo-
la casa te veía desertar.

Te abrías a una vida
distinta, a un mundo
alegre como los ojos de un dios:
voces mayores, fuegos de artificio,
inacabable noche de San Juan
en tu estancia vacía…

El tiempo se agrandaba en los rincones,
se detenía en torno al corazón,
mientras el estruendo proseguía,
lejos, lejos, quién sabe si real.

Después, todo más claro:
los sonidos pequeños, el crujido de un mueble
la lluvia en el desván.

Nueva vida a las cosas, el alba aparecía,
y tú llegabas, amorosamente.

Hoy recuerdo mi sueño. Es curioso, siempre sabes que sueñas, pero salvo algunos días, no recuerdas nada lo soñado.

No lo recuerdo todo, porque quizá no sea un sueño, sino recuerdos dispersos o ilusiones ante algo ya vivido de forma cercana.

Recuerdo sentirme volando como un pájaro por encima de los árboles de la orilla de un río y los planos terrenos ya cosechados de cereal en verano, con olores a tierra mojada por la tormenta cercana. Recuerdo volar también en otro momento sobre el acantilado rocoso para terminar sobrevolando encima de la espuma blanca de las olas al romperse contra las piedras sobresalidas del fondo del mar. Recuerdo también estar en plena vendimia, presente sin llevar a estarlo, sintiendo la mezcla de olores del mosto recien recogido cayendo sobre la tierra y la cepa soltando la sabía del pámpano reciente cortado.

No tienen significado; no lo busqueis. Son la descarga sobrante de nuestra conciencia y del subconsciente. Son recuerdos y mezclas que nuestros sentimientos deben hacer para liberarse del día normal. Vivir, sentir,… tal vez soñar..

Es feliz el que soñando, muere. Desgraciado el que muera sin soñar. Rosalía de Castro

Es feliz el que soñando, muere. Desgraciado el que muera sin soñar. (Ilustración de Lou Pamplemousse)

…y que mejor que estas pequeñas frases enclavadas dentro de la obra de teatro de Calderón de la Barca, donde Segismundo nos termina contando…

Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?

Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me ví.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son

Muchas veces pienso en desconocidos y sus motivos para actuar.

¿Quienes serán los que pasan por donde yo he pisado? ¿quienes serán los que escriben donde yo escribí? ¿quienes ahora correrán por los callejones que yo he corrido? Serán los desconocidos lejanos quienes sonrien donde yo he sonreido. Ellos harán cosas similares a las que hice y hago en situaciones similares. ¿Quienes serán? ¿Como serán?

No imagino sus caras y gestos de frente al espejo donde me he mirado. Pienso en las ideas escritas en aquellos cuadernos que yo escribí, que yo utilice. No puede imaginar aquellos que besan los labios que yo besé. ¿Que pensarán?¿Que pasará por sus cabezas?¿Lo mismo que pienso yo?

Aun siendo desconocidos, no son extraños. Son parte de uno mismo porque conforman historias que quizá, en un futuro, nos tocarán, nos modificarán en el entorno habitual donde estamos, donde vivimos. Quizá los desconocidos vivan ahora a partir de nuestros hechos. Quizás pensarán como yo pienso. Quizá, yo mismo anteriormente, era otro desconocido.

Lo que puede ser, lo desconocido, puede ser manipulable; hasta la misma frase es engañosa.

Lo que puede ser, lo desconocido, puede ser manipulable; hasta la misma frase es engañosa.

Como no, voy a poner fragmentos escogidos del poema “El desconocido” de Octavio Paz, de forma que den una idea a lo comentado.

La noche nace en espejos de luto.
Sombríos ramos húmedos
ciñen su pecho y su cintura,
su cuerpo azul, infinito y tangible.
No la puebla el silencio: rumores silenciosos,
peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen.
La noche es verde, vasta y silenciosa.
La noche es morada y azul.
Es de fuego y es de agua.
La noche es de mármol negro y de humo.
En sus hombros nace un río que se curva,
una silenciosa cascada de plumas negras.

Tu silencio lo llama,
rozan su piel tus alas negras,
donde late el olvido sin fronteras,
mas él cierra los poros de su alma
al infinito que lo tienta,
ensimismado en su árida pelea. Nadie lo sigue, nadie lo acompaña.
En su boca elocuente la mentira se anida,
su corazón está poblado de fantasmas
y el vacío hace desiertos los latidos de su pecho.
Dos perros amarillos, hastío y avidez, disputan en su alma.
Su pensamiento recorre siempre las mismas salas deshabitadas,
sin encontrar jamás la forma que agote su impaciencia,
el muro del perdón o de la muerte.
Pero su corazón aún abre las alas
como un águila roja en el desierto.

Hoy volveré a mi triste cavilar. Quizá sea al ver las nubes tan bajas, quizá sea porque al ver la lluvia recuerde las lágrimas caídas, quizá sea porque estemos cercanos a fechas navideñas, donde recordamos a los que ya no están.

Quizá sea porque el olvido esté ahí, siempre cercano. Dejaremos de vivir cuando ya nadie nos recuerde, cuando no seamos más que un nombre perdido en un tiempo lejano. Cuando hablamos de los que no están, sólo sentiremos lo que hemos dejado cuando nos vayamos.

Quizá sea que la nubes grises, al pasar, recuerde que irán haya donde habite el olvido. Quizá sean que las hojas al caer en la tierra correteando y empujadas por el viento invernal las que vuelvan donde habite el olvido. Las lágrimas de las mejillas de una mujer recordando su primera desilusión, se sequen con las cartas ya escritas de su primer amor, guardadas en el rincón de su corazón, o donde habite el olvido. Los recuerdos ya vividos, los hechos pasados, los sueños irrealizados, los que ya no están, todos, acabaremos donde habite el olvido.

"En donde esté una piedra solitaria sin inscripción alguna, donde habite el olvido, allí estará mi tumba. " Gustavo Adolfo Becquer

“En donde esté una piedra solitaria sin inscripción alguna, donde habite el olvido, allí estará mi tumba. ” Gustavo Adolfo Becquer

Pero al final, siempre podremos volver allí, donde habita el olvido para volvermos a ver. Espero que os guste este poema con este nombre de Luis Cernuda.

Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo sólo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.

Donde mi nombre deje
Al cuerpo que designa en brazos de los siglos,
Donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,
No esconda como acero
En mi pecho su ala,
Sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.

Allí donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,
Sometiendo a otra vida su vida,
Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.

Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido.

Tal y como dicen algunos soñadores, son la vida el camino que nos deja paisajes y, ligeros de equipaje, terminaremos al final sentados en un pequeño banquito de madera cansados de vivir.

Siempre, estos días del año, tan oscuros y agradables de pasar en casa, me hacen ponerme melancólico, meditativo más bien. Siempre recuerdo las carreteras de mi frío norte donde los árboles dejan caer libres y lentas hojas de mil colores, formando tapices variados y calurosos de ver y ariscos por el azote del viento de vivir.

Siempre habrá un camino a seguir, una vereda por la cual nuestro pesado y cansino caminar haga posible nuestras vivencias. Seguir buscando nuestra estrella en la oscura noche de la desesperanza y tristeza, seguir navegando sobre las olas del enfurecido mar de las dificultades y melancolia, seguir escalando los altos montes nevados de la blanca y fría rutina… y ligero de equipaje, siempre ligero.

Carretera en otoño

Del antiguo camino a lo largo, Ya un pinar, ya una fuente aparece, Que brotando en la peña musgosa Con estrépito al valle desciende.

Y quien mejor que una mujer para explicar un camino, una senda, un camino y su trasiego. Rosalia siempre será un referente en cualquier caso.

Del antiguo camino a lo largo

Del antiguo camino a lo largo,
Ya un pinar, ya una fuente aparece,
Que brotando en la peña musgosa
Con estrépito al valle desciende.
Y brillando del sol a los rayos
Entre un mar de verdura se pierden,
Dividiéndose en limpios arroyos
Que dan vida a las flores silvestres
Y en el Sar se confunden, el río
Que cual niño que plácido duerme,
Reflejando el azul de los cielos,
Lento corre en la fronda a esconderse.
No lejos, en soto profundo de robles,
En donde el silencio sus alas extiende,
Y da abrigo a los genios propicios,
A nuestras viviendas y asilos campestres,
Siempre allí, cuando evoco mis sombras,
O las llamo, respóndenme y vienen.

Sigue cayendo el otoño inexorable hacia el invierno. El frío norte cada día está más cercano. Cada día le veo con su sombra más alargada, menos luz y más próximo al gélido invierno.

Las últimas plantas, las últimas hojas verdes se transforman en colores marrones, inevitablemente tirando a los colores madera que producirán su caída. Es lo inevitable, lo premonitorio. Madurar aún más hasta el último aliento. Este último suspiro será el final de este año, … y el comienzo del ciclo vital de nuevo.

Los periodos son ciclos repetidos, completos, siempre con tendencias hacia inevitable, hacia la repetición, hacia lo recurrente. Por eso, en la vida, siempre se tienen que acabar ciclos para comenzar nuevos. Debemos revisar lo sucedido y verificar acciones equivocadas o circunstancias menos acertadas que se puedan repetir. Es mejorar a partir de una caída de la hoja, del camino inevitable.

Si lo pensamos, veremos que muchos de los disgustos que nos sobrevienen lo son por palabras innecesarias

Si lo pensamos, veremos que muchos de los disgustos que nos sobrevienen lo son por palabras innecesarias

Hacia lo inevitable, por serlo, este poema de Azorín lo detalla de una manera genial…

¡Pobre rosa!

De nada te han servido tus defensas,
ni tus estambres, reclamando vida,
ni las fragancias que en el alma escondes:
el jardinero te troquela en ramo…
…para morir estática,
sabiendo la tortura en que agonizas.
No será el viento quien te arranque el pétalo
hasta quedar desnuda,
ni la abeja libando de tu jugo
podrá polinizarte…
Los ojos que te miran
de sobra sabes que ya no te ven,
final aborrecible siendo aún bella.
En soledad mortal de cementerio
hoy te han dejado,
solo para adornar una mortaja…