archivo

Archivos Mensuales: julio 2013

Se acaba el invierno. Se acabó también la primavera. Los fríos recorren el lejano norte blanco llamando a las nubes árticas para formar lluvias sobre desierto blancos. Estos fríos se refugian y han emigrado hacia donde los osos vivían.
En breve, mi mochila volverá a moverse, a seguir por los senderos de la vida errante; sin dirección establecida más que el paisaje; sin más guía que el gusto por el camino, sin más motor que las ganas de conocer, las ganas de dar gusto a los ojos con nuevos paisajes, con nuevas vistas, con nuevas costumbres…
La luna del sur volverá a iluminarnos. La veremos asomar desde un mar recogido y se dirigirá hacía el fondo del océano, como el sol en su caída hacia el suroeste.
Nos mojaremos, soltaremos nuestros lastres invernales mojados por el salitre del océano y las oscuridades recogidas durante el año se perderán en la profundidad del mar, en el fondo del océano.

Desde las playas de Tarifa, la lejania de otro continente se divisa por el pequeño salto del océano oscuro

Desde las playas de Tarifa, la lejania de otro continente se divisa por el pequeño salto del océano oscuro

Pero en la ruta sin destino, en el camino a la esperanza, subiremos las montañas con nombre remotos, con acentos extraños para divisar la nieve y casi divisar un continente remoto. Nos esconderemos en las reconditas tierras del sur apacible, donde el agua hace florecer un mundo de mil colores, de pueblos blancos salteados en valles inmensos. Donde se huyó por fe y se vuelve por belleza…

Con nombres que evocan a lugares remotos, buscaremos la quietud del alma entre dos culturas y creencias, con magia y sus sentimientos encontrados.

Con nombres que evocan a lugares remotos, buscaremos la quietud del alma entre dos culturas y creencias, con magia y sus sentimientos encontrados.

Pero al final, siempre al final se vuelve al mar. Como la vida del río, siempre llega al mar. Al mar oscuro y profundo; al mar de la infancia y de playas largas donde los niños juegan a construir como mayores y los mayores a descansar como los niños. Nos subiremos a la atalaya de pueblo blanco sobre un desierto, evocaremos otros momentos en otros lugares con otras compañías, con los mismos recuerdos habrá puntos de coincidencia, habrá puntos de inflexión en las vidas.

Desde la atalaya se divisará el mar, y desde el mar, la tortuga blanca de la atalaya....

Desde la atalaya se divisará el mar, y desde el mar, la tortuga blanca de la atalaya….

Será un punto, pero no final, si no seguido hacia el camino de los viajeros errantes. Seguiremos hacia algún otro lugar, porque debemos encontrar nuestro propio camino. Tirar los viejos harapos con sus miserias recogidas en el año y, por el viaje, recoger amapolas y otras ramas floridas para el siguiente trayecto. Un trayecto de un año, un trayecto de cambios; con ilusiones y con miedos, con esperanzas y sin miedo al desengaño, porque en el viajar, hayaremos nuestro camino.

Anuncios

Es una cita de una pelicula, pero me encanta…

Es una gran idea identificar a todos como personas, con multitud de detalles, con multitud de matices que aportan a la base de humanidad, los distintos aspectos que nos aportan. Con la multitud de detalles que nos conforman, con las pequeñas características que, independientemente, nos supone rasgos de humanidad.

Respecto a esto, respecto a lo comentado antes y aunque cada vez se va aumentando, quiero detallar que hay personas que aún sufren persecución, que aún, a día de hoy no pueden expresar con libertad detalles, como es su sexualidad. Cualquier persona puede defender y tener las relaciones sexuales que quiera, siempre que haya consentimiento de las dos partes.

¿Quién es quién para negar a quien se puede querer?¿Como se puede reprimir los sentimientos entre personas? ¿quien tiene esa verdad absoluta?… yo, en lo que he podido ver, nadie.

Por ayudar a superar estas pequeñeces de miras, por la igualdad y en defensa de los derechos de las personas, por la superación de pequeños matices que siguen manteniendo a las personas como tales, demos todos un oportunidad.

La libertad a las personas no las hace felices, simplemente les hace hombres.

La libertad a las personas no las hace felices, simplemente les hace hombres.

Que mejor que Federico Garcia Lorca y su Oda a Salvador Dalí para poner una guinda de sentimiento a esta entrada…

Una rosa en el alto jardín que tú deseas.
Una rueda en la pura sintaxis del acero.
Desnuda la montaña de niebla impresionista.
Los grises oteando sus balaustradas últimas.

Los pintores modernos en sus blancos estudios,
cortan la flor aséptica de la raíz cuadrada.
En las aguas del Sena un ice-berg de mármol
enfría las ventanas y disipa las yedras.

El hombre pisa fuerte las calles enlosadas.
Los cristales esquivan la magia del reflejo.
El Gobierno ha cerrado las tiendas de perfume.
La máquina eterniza sus compases binarios.

Una ausencia de bosques, biombos y entrecejos
yerra por los tejados de las casas antiguas.
El aire pulimenta su prisma sobre el mar
y el horizonte sube como un gran acueducto.

Marineros que ignoran el vino y la penumbra,
decapitan sirenas en los mares de plomo.
La Noche, negra estatua de la prudencia, tiene
el espejo redondo de la luna en su mano.

Un deseo de formas y límites nos gana.
Viene el hombre que mira con el metro amarillo.
Venus es una blanca naturaleza muerta
y los coleccionistas de mariposas huyen.

Quizá puede ser casualidad, pero en estos días primeros de verano debe surgir por algún extraño gen de mis antepasados y me encuentro más sensible al sur. Más cercano, noto proximidad por la cultura, por su delicadeza, por su predilección ante los componentes triangulares algebraicos, por su cercania ante las ideas, dejando atrás símbolos humanos y eligiendo la pertenencia ante la metafísica.

Será por el viento desértico que azota mi planicie, el que viene del Sahara atravesando un Atlas remoto, cruzando por el Mar de La Mari, y buscando por el sur un resquicio por el que pasar a mi meseta, coloreada de amarillo por los trigales ya secos y cosechados.

Quizá ese cereal aún recuerde el zarandeo de la brisa del viento de primavera cuando se formaban olas de trigo o cebada, cuando todo se movía de un lado al otro y que, aún mirando al cielo, las nubes no paraban de moverse alrededor de un lado a otro, como si hubiese un muelle propio relacionado con la flexibilidad de nuestra propia forma.

Añorar el pasado es correr tras el viento.

Añorar el pasado es correr tras el viento.

Por eso, tanto evitando el movimiento como evitando los vientos del sur, siempre debemos tener un escondite del viento. Un lugar donde poder mirar a un cielo estable, a un horizonte no agitado por los vaivenes de lo externo, de lo incontrolable. Quizá sea este escondite el reposo del guerrero; yo prefiero que sea el descanso del caminante, la silla del viajero.

Qué mejor que Led Zeppelin para comprender un refugio a la paz, un refugio a la huida de lo externo y formentando el entendimiento.