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Archivos Mensuales: septiembre 2013

Siempre, desde pequeño hasta ahora, me ha encantado la esfericidad de algunas cosas. La esfericidad es la representación de todo lo cercano en todos los ámbitos. Las esferas giran o pueden girar en todos los sentidos que estimemos, pero el centro se mantiene.

Además, por esas maravillas de la naturaleza, por la óptica geométrica del propio elemento, modifica lo que hay dentro y fuera, transformando, deformando, contorsionando la realidad. Sus focos cambian y consiguen agrandar lo externo y minimizar lo interno en función de la cercania.

La vida, nuestro propio ser actua como una esfera. Cuando estamos en distintos lugares, lejanos o cercanos, en distintos entornos,  cambian los colores y formas de las elementos que vemos, de las sensaciones que sentimos, de las acciones que realizamos.

El universo es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Blaise Pascal

El universo es una esfera infinita cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna. Blaise Pascal

Esta esfera vital que es nuestra vida debe girar. Girar sin parar, Voltearnos de un sitio para otro, viendo como nuestro propio entorno se puede mover, pero que nosotros, debemos hacer que esta esfera gire y gire sin parar, dejando ver de infinitas formas o posibilidades todo lo cercano, permitiendo verlo de distintas formas, siendo todas modificaciones producidas por nosotros, por nuestro mundo cercano y la superficie de la esfera. Vivamos, giremos, sintamos la peonza de nuestra vida y la velocidad la sintamos en nuestro estómago.

Como no hay opción, como no hay más posibilidades, que mejor este pequeño fragmento de un libro llamado “Palmeras Salvajes” del escritor americano Willian Faulkner.

No es que pueda vivir, es que quiero. Es que yo quiero. La vieja carne al fin, por vieja que sea. Porque si la memoria existiera fuera de la carne no sería memoria porque no sabría de qué se acuerda y así cuando ella dejó de ser, la mitad de la memoria dejó de ser y si yo dejara de ser todo el recuerdo dejaría de ser. Sí, pensó. Entre la pena y la nada elijo la pena.

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Hoy voy a hacer una entrada especial. No va a tratar sobre mi, pero si sobre alguien cercano. Alguien muy cercano.

Cuando vives, cuando vas pasando estaciones de paso; encontrando a otros caminantes. Algunos de ellos se convierten en especiales por su forma de ser, por su forma de ayudar o de enfocar el mundo. De ellos, siempre aprendes. De ellos, tomas referencias que sirven para hacerte vivir mejor y ayudar a los que tienes cerca. Además, cuando disfrutas de su compañía, hacen un cambio en los ritmos normales. No lo sé si será por su simpatica o por su forma de ser, pero los haces fundamentales.

Una vez en un viaje, en Ponga, en la aldea de Beleño, alguien me dijo que los pastores llevaban su “llar”, su hogar por donde fueran, sin importar el frío, el calor, de las lluvias o nieves. Dice un cita muy utilizada algo así como “Mi hogar estás donde estés tú”, por eso, amigo, compañero, te animo a mover el hogar si quieres, si así lo dicta tu conciencia.

Por eso, sempai, te animo a que te liberes, que no te preocupes en lo mínimo, en lo cercano. Eso, en un tiempo no tendrá valor, no tendrá más sentido que cualquier otro recuerdo. Cada segundo, cada minuto, cada hora o momento es irrepetible. No lo pierdas; no lo desperdicies en dudas o excusas vanas.

Como los viajes, los buenos viajes acaban en el mar, como no acabarlo en este caso en Barcelona….

Barcelona, allá donde sus gentes saben romper el hielo, allí donde la amistad da sus frutos, hace ya tiempo que ella cultivó un estilo

Barcelona, allá donde sus gentes saben romper el hielo, allí donde la amistad da sus frutos, hace ya tiempo que ella cultivó un estilo

Espero que os guste la ciudad tanto como a mí… y siempre recuerdo este poema a Barcelona de Jacinto Verdaguer.

Cuando te miro en la falda de Montjuïc sentada,
me parece verte en los brazos del gigantesco Alcides
que por proteger a la hija de su costado nacida
transformándose en sierra se hubiese quedado aquí.

Y al ver que siempre sacas rocas de sus montañas
para tu caserío, que crece cual árbol en sazón,
  parece que le diga a las olas y al cielo y a las montañas;
  ¡Miradla; carne de mi carne, y ya tan mayor!

Para que tus naves, que vuelven con alas de golondrina,
hacia el Cap-del-Riu, a la sombra no vayan a encallar,
él levanta todas las noches un faro con su mano derecha
y por guiarlas entra andando en el mar.

El mar duerme a tus plantas besándolas cual vasalla
que escucha de tus labios el código de sus leyes;
y si dices «¡atrás!», hace sitio a tu muralla
como si Marquets y Llances aún fuesen sus reyes.

Que lejos se ven, desde esta curva del río de la vida,  los días de la juventud y la niñez. Que lejanos y remotos aquellos sentimientos tan variados como los tonos de colores de la paleta de un pintor, tan variado en matices como esas cristaleras de catedrales antiguas, catedrales de tantos colores como inclinaciones del sol en el cielo.

Aún recuerdo como latía el corazón cuando, el primer amor se acercaba a tu lado, sin mirarte, sonriendo por alguna idea propia. Sin ser consciente de los latidos de un corazón a punto de saltar por la ventana de mi pecho. Que lejano… que remoto!

Pero ahora se sigue queriendo, y sigue latiendo el corazón fuerte. La proximidad, la complicidad, la comprensión de mi amor cercano. Mi hombro para tu llanto, mi oido para tus palabras melancólicas, mi mano para mesar tu pelo. Mi corazón, sencillo, cercano.

Lo superaremos, nos mejoraremos, nos seguiremos transformando como las hojas de los bosques a lo largo de los veranos, desde el verde primaveral al amarillo melancólico para los ánimos del más valiente.

Solo que lo sepas, MiMari, seguiremos luchando juntos, perdiendo juntos y viviendo juntos. Ese es mi intento.

Cada segundo contigo, un pétalo de flor. Sencillo, pequeño, pero infinitamente mágico.

Cada segundo contigo, un pétalo de flor. Sencillo, pequeño, pero infinitamente mágico.

Que mejor que Antonio Machado para recordar, con la misma delicadeza que la pluma al caer desde el nido del águila, estos recuerdos pasados….ahí va “Desgarrada la nube; el arco iris”

Desgarrada la nube; el arco iris
brillando ya en el cielo,
y en un fanal de lluvia
y sol el campo envuelto.
Desperté. ¿ Quién enturbia
los mágicos cristales de mi sueño?
Mi corazón latía
atónito y disperso.
…¡El limonar florido,
el cipresal del huerto
el prado verde, el sol, el agua, el iris!..
¡el agua en tus cabellos!…
Y todo en la memoria se perdía
como una pompa de jabón al viento.

Es momento de cambios. No de producirse, pero si de empezarse a gestaser. A preparar, a definir y creer en ellos. A presumir un futuro distinto, un futuro en el cual, algunas cosas son consecuencias de nuestros actos presentes.

Intentamos que sean controlados; pero ese control es como echar una gota de agua en la inmensidad del océano oscuro. Son tantos motivos, son tantas acciones, tantos detalles fuera de el control de cada uno que es imposible verificar su cumplimiento, pero nuestra gota estará allí.

…pero ese control no es necesario. Nuestro miedo a lo nuevo no es necesario. Se pueden plantar semillas y más semillas, pero jamás se puede asegurar que germinen, que florezcan, que crezcan tanto como esos árboles milenarios de bosques profundos… y aún sin controlarlo, siguen creciendo.

Plantemos hoy, dejemos volar nuestras propuestas, nuestras ideas. No dejemos que caigan al suelo del olvido, de la derrota sin lucha. Nuestras ideas, nuestras propuestas, nuestras nuevas mariposas podrán salir a un nuevo mundo por descubrir, por conocer.

El cambio es ley de vida. Cualquiera que sólo mire al pasado o al presente, se perderá el futuro.

El cambio es ley de vida. Cualquiera que sólo mire al pasado o al presente, se perderá el futuro.

Los cambios siempre se deben confirmar y convencer. Se debe creer en lo que se hace de forma total, aunque se tengan dudas, aunque se tengan miedos. Que mejor que Anais Nin para que, con un pequeño trocito de un poema nos lo explique….

Somos como escultores, constantemente tallando en los demás imágenes que anhelamos, necesitamos o deseamos, a menudo en contra de la realidad, contra su beneficio, y siempre, al final, un desengaño, porque no se ajusta a ellos.

Creo que debo volver a centrarme. Tras errar por el sur, tras ver el sur de cerca, vivirlo y sentirlo en propia carne, el proceso de volver me produce pequeñez. Pero no la pequeñez de algo sin importancia; pero no al pensamiento próximo, si no a la concentración de la esencia.

De pequeño alguien me explicó que la pequeño es lo más importante. Es el camino de dar un paso atrás y dar dos hacia adelante, y sin temer, que no se volverá a la expansión original. La expansión de nuestras ideas, de nuestros sentimientos. Conocerse mejor en más aspectos, en más campos.

Pequeño para aumentar en conocimientos. Pequeños porque sabemos que podemos crecer de lo aprendido, de lo reflexionado. Pequeño, suave y delicado como el copo de nieve que se convertirá en duro hielo con el paso del frío negro.

Pequeño como aquellas maravillas diarias; aquellos gestos que sin importancia, repetidos como el despertar del sol hacen posible la vida.  Pequeña como la gota de agua que rompe la luz y saca el arco iris oculto en su esencia. Pequeño no es débil ni superfluo. Es concentrado y perfume. Es esencia que impregna el olor a todo lo que le rodea.

En el rocío de las pequeñas cosas, el corazón encuentra su mañana y toma su frescura.

En el rocío de las pequeñas cosas, el corazón encuentra su mañana y toma su frescura.

Para ese concepto tan etéreo como es ser pequeño, que mejor para completarlo con un pequeño poema infinito de Federico García Lorca:
Equivocar el camino
es llegar a la nieve
y llegar a la nieve
es pacer durante veinte siglos las hierbas de los cementerios.

Equivocar el camino
es llegar a la mujer,
la mujer que no teme la luz,
la mujer que no teme a los gallos
y los gallos que no saben cantar sobre la nieve.

Pero si la nieve se equivoca de corazón
puede llegar el viento Austro
y como el aire no hace caso de los gemidos
tendremos que pacer otra vez las hierbas de los cementerios.

Yo vi dos dolorosas espigas de cera
que enterraban un paisaje de volcanes
y vi dos niños locos que empujaban llorando las pupilas de un asesino.

Pero el dos no ha sido nunca un número
porque es una angustia y su sombra,
porque es la guitarra donde el amor se desespera,
porque es la demostración de otro infinito que no es suyo
y es las murallas del muerto
y el castigo de la nueva resurrección sin finales.
Los muertos odian el número dos,
pero el número dos adormece a las mujeres
y como la mujer teme la luz
la luz tiembla delante de los gallos
y los gallos sólo saben votar sobre la nieve
tendremos que pacer sin descanso las hierbas de los cementerios.