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Archivos Mensuales: octubre 2013

Siempre nos fiamos de nuestra vista. Nuestra visión nos ayuda tanto a sobrevivir en este mundo que no somos capaces de entender que hay cosas ocultas. Estas cosas ocultas siempre nos asustan porque creemos que lo que vemos se puede controlar, no engaña y ni siquiera puede sorprendernos.

Pero siempre nos queda algo oculto, algo para nosotros mismo que por varias razones no lo enseñamos; creo que se debe al miedo a enseñarlo. Es nuestro yo más profundo y más atemorizado. El de verdad, es que te asalta por las malas noches, preguntándote y respondiéndote. Aquel que no se modela con nadie ni por los que dirán.

Está oculto, pero no por ser horrible (lo podrá ser en algunos casos). Algunos tienen tesoros inmensos, remotos en la relación con los demás, lejanos y curiosos todos. Sin excepción, sin motivo.

Que mejor que Charles Bukowski para explicar que no todo lo que se ve debe ser bueno, ni que, en ningún caso, se deben ocultar ciertas ideas y sentimientos… o quizá algo de uno mismo.

No escondas del todo tu pájaro azul. Está dentro de tí. Es tu esencia...

No escondas del todo tu pájaro azul. Está dentro de tí. Es tu esencia…

Hay un pájaro azul en mi corazón

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí dentro, no voy
a permitir que nadie
te vea.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero yo le echo whisky encima y me trago
el humo de los cigarrillos,
y las putas y los camareros
y los dependientes de ultramarinos
nunca se dan cuenta
de que está ahí dentro.

hay un pájaro azul en mi corazón que
quiere salir
pero soy duro con él,
le digo quédate ahí abajo, ¿es que quieres
montarme un lío?
¿es que quieres
mis obras?
¿es que quieres que se hundan las ventas de mis libros
en Europa?

hay un pájaro azul en mi corazón
que quiere salir
pero soy demasiado listo, sólo le dejo salir
a veces por la noche
cuando todo el mundo duerme.
le digo ya sé que estás ahí,
no te pongas
triste.

luego lo vuelvo a introducir,
y él canta un poquito
ahí dentro, no le he dejado
morir del todo
y dormimos juntos
así
con nuestro
pacto secreto
y es tan tierno como
para hacer llorar
a un hombre, pero yo no
lloro,
¿lloras tú?

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Qué díficil es avanzar! Qué difícil es tirar hacia adelante. Hacia lo desconocido e inexplorado… cuanto mayor es la comodidad donde estamos, cuanto mayor y más lejano de salir de nuestra zona de confort, que dificil es cambiar.

Cambiar, en estos casos y en casi todos, es avanzar. Lo que no avanza, se apaga, se entumece primero pero mañana, o quizá pasado, se apague y se convierte en cenizas de algo que pudo haber sido verde o incluso, floral.

Cada día debemos de romper nuestra seguridad; nuestro escondrijo en el mundo no puede ser nuestra carcel. De hecho, no podemos dejar que sea ni una madriguera para ocultar nuestras tristezas, nuestras pobrezas. Airear, clarear y conseguir mejorar, aunque nos duela hoy, se convierte en la esencia de la mejora, en la salsa de la vida.

Hay veces, muchas veces que estos cambios nos duelen, se nos hacen duros, se nos convierten por despropositos o desconocimiento en dolorosas lecciones. De las que no se olvidan, de las que aún duele a recordarlas, pero las que nunca, ya nunca una vez sufridas, se volverán a repetir.

Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos.

Sólo cabe progresar cuando se piensa en grande, sólo es posible avanzar cuando se mira lejos.

Hoy me he cogido esta maravilla de Mario Benedetti para hablar de ir hacia adelante.

Se retrocede con seguridad
pero se avanza a tientas
uno adelanta manos como un ciego
ciego imprudente por añadidura
pero lo absurdo es que no es ciego
y distingue el relámpago la lluvia
los rostros insepultos la ceniza
la sonrisa del necio las afrentas
un barrunto de pena en el espejo
la baranda oxidada con sus pájaros
la opaca incertidumbre de los otros
enfrentada a la propia incertidumbre
se avanza a tientas / lentamente
por lo común a contramano
de los convictos y confesos
en búsqueda tal vez
de amores residuales
que sirvan de consuelo y recompensa
o iluminen un pozo de nostalgias
se avanza a tientas/ vacilante
no importan la distancia ni el horario
ni que el futuro sea una vislumbre
o una pasión deshabitada
a tientas hasta que una noche
se queda uno sin cómplices ni tacto
y a ciegas otra vez y para siempre
se introduce en un túnel o destino
que no se sabe dónde acaba.

Con las últimas rafagas de viento en la noche, sin ver un rayo de luz, siempre me impresiona pensar en la noche. En la oscuridad rota por la inmensidad de estrellas que brillan lejanas, temblorosas, palpitantes como un corazón remoto, como siguiendo el ritmo acorde a una melodía oculta o inaudible, pero tan bien seguida por todos los destellos, tan espectacular que hipnotiza.

De repente, una luz aparece del este. Siempre del mismo sitio. Siempre de la misma forma, aunque las nubes o tormentas oculten y no muestren su despertar. Cada día que pasa hacia navidad, parece que el frío hace despertar al sol más tarde, más soñoriento, más suave y menos fogoso.

Pero, con los primeros rayos mañaneros otoñales, las hojas caen después de aguantar el frescor nocturno. Marrones, secas y sin la sabia que da la vida, caen como un péndulo de un lado a otro, levitando sobre el mojado asfalto o tierra de la ciudad aún dormida.

Aunque ya esté el otoño, o incluso cuando llegue el invierno y los vientos del norte corran a sus anchas por estas horas de entreluz, cuando amanece, no pueden evitar que los rayos de luz, de esperanza, de alegría o de, tan sólo, pequeña iluminación o calor atraviesen las nubes oscuras de la tormenta cercana.

La luz siempre te lleva a la oscuridad, la noche representa el lado negativo de lo positivo de la vida, porque la vida es como el amanecer.

La luz siempre te lleva a la oscuridad, la noche representa el lado negativo de lo positivo de la vida, porque la vida es como el amanecer.

En cualquier caso, que mejor que un poema de Antonio Machado sobre el Amanecer de Otoño….

Una larga carretera
entre grises peñascales,
y alguna humilde pradera
donde pacen negros toros.

Zarzas, malezas,jarales.

Está la tierra mojada
por las gotas del rocío,
y la alameda dorada,
hacia la curva del río.
Tras los montes de violeta
quebrado el primer albor:
a la espalda la escopeta,
entre sus galgos agudos, caminando un cazador.

Hace unos días, viendo ponerse el sol, apareció una nube. Una nube que encabezaba a otra nube más grande, más oscura, más compacta. El sol, en su recorrido evitaba la nube facilmente. Pero otro día, ya con más y más nubes, no lo pudo hacer. Entonces sentí que volvía el otoño.

El viento comenzó a silbar con ganas, con fuerza, como si se hubiera liberado de las cadenas del verano; abriendo paso al viento del norte que pronto volverá a helarnos, a bajar las quemaduras, a teñir de marrón y ocres los campos, los árboles, las hojas que, sujetándose malamente en la rama, soporta los primeros vientos aunque tiña de seco cada una de ellas.

Además, las nubes ya no nos visitan. Las nubes descargan sus gotas de agua comprimidas y mantenidas durante el verano. Quizá, por ser de aquí, las gotas de lluvia nos entristece porque nos recuerdan a las lágrimas de un niño corriendo por su mejilla magullada. Quizá sea así. Quizá no.

Y los charcos, las incipientes lagunillas que son mares remotos para la hoja recien caída, el barco de diminutos seres surcando desconocidos parajes, sitiendo la libertad y el movimiento aleatorio al liberarse de la maternidad de la rama, de la situación controlada bajo la copa majestuosa.

Mañana, pasado, cuando vuelva a llover, cuando vuelva a llorar el cielo, sentiré volver al otoño.

El otoño es una segunda primavera, cuando cada hoja es una flor.

Por vivir en el otoño do otra forma, sin melancolía, sin tristeza, que mejor que ver a Octavio Paz y su poema al otoño.

En llamas, en otoños incendiados,
arde a veces mi corazón,
puro y solo. El viento lo despierta,
toca su centro y lo suspende
en luz que sonríe para nadie:
¡cuánta belleza suelta!

Busco unas manos,
una presencia, un cuerpo,
lo que rompe los muros
y hace nacer las formas embriagadas,
un roce, un son, un giro, un ala apenas;
busco dentro mí,
huesos, violines intocados,
vértebras delicadas y sombrías,
labios que sueñan labios,
manos que sueñan pájaros…

Y algo que no se sabe y dice «nunca»
cae del cielo,
de ti, mi Dios y mi adversario.