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Archivos Mensuales: diciembre 2013

Hoy la entrada del blog no va a ser alegre. Será de recuerdos de las personas que ya no están. El motivo es obvio. Ayer hizo tres años que se fue Enrique Morente y como fan de alguien tan innovador, tan increiblemente genial, no puedo menos que recordar a los que como él se fueron y no volverán.

Será quizá el tiempo y su falta de luz, será quizá por la cercanía del frío invierno, me siento con tendencia a recordar a aquellos que hicieron de mí la persona que soy. No puedo olvidar las navidades cuando de niño, recorríamos el frío norte en busca de los abrazos y sus besos, distintos en forma pero con el mismo cariño como son los besos de los abuelos.

Recuerdo como tras pasasr el paso del norte, con las tierras yermas y blanqueadas por la cencenada, por los hielos oscuros o las blancas nieves. se llegaba al frío norte con un viento que estremecía el cuerpo, generando un estado de aletargamiento solo roto por la llegada de los seres queridos, aquellos que, inconscientemente necesitaban estar más tiempo contigo para guiarte y enseñarte a vivir.

Recuerdo sus consejos muchas noches al cerrar los ojos, aunque en ese momento no les hiciera caso. Recuerdo sus manos, sus caras, sus voces y su presencia con cariño y melancolía, esa que nunca se quita por mucho tiempo que pase. Quizá sea por la lejanía del recuerdo, quizá sea por su cada vez mayor añoranza de verlos, en estas fechas les recuerdo con cariño y ternura.

 Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

…Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. ..

Para completar esta entrada (necesitaba escribirla) voy a completarla con un poema de Walt Whitman.

Estos son en verdad los pensamientos
de todos los hombres en todas las
épocas y naciones, no son originales míos,
si no son tuyos tanto como míos,
nada o casi nada son,
si no son el enigma y la solución del enigma,
nada son.

Esta es la hierba que crece
dondequiera que haya tierra y agua,
este es el aire común que baña el globo.

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Es curioso lo que vivimos todos los días.Normalmente no suelo escribir de lo que hoy necesito hacerlo. Es y será una excepción, pero debo hacerlo.

Ultimamente estoy impresionado por la muerte de Nelson Mandela. Escucho a todas horas, de todos los que me rodean, de los medios de comunicación, de la radio o de internet. Todos valoran su valor, sus grandes valores humanos y se apenan por su muerte. A toda persona de bien le debe dar pena que alguien, por defender la igualdad de las personas independientemente de su raza, tenga los mismos derechos que cualquier otro, con igualdad de oportunidades.

Es coherente entonces, dar un vistazo a lo que tenemos alrededor. Ahora mismo, por distintos motivos, se obvia a la gente que está trabajando a nuestro lado por la igualdad de derechos. Existe personas que luchan por la igualdad de oportunidades para que los niños, independientemente de las condiciones económicas de sus padres, puedan estudiar y aprender en cualquier entidad pública. También hay otros que luchan por una sanidad pública de calidad, para que desde el último hasta el primer paciente tenga las mismas oportunidades de seguir viviendo en condiciones, sin importar el dinero que pueda o deba gastarse.

También, antes de la igualdad de derechos en Surafrica, había personas blancas que dialogaban y trataban de igual a igual al resto de población negra, pero no era un derecho. Ahora no vale que haya comedores sociales, ni ayudas de buenas personas bienintencionadas. Debe ser por ley, no es un favor que hace nadie. No hay que agradecer nada a nadie por no estar en las mejores circunstancias económicas. Se llama dignidad. Lo mismo que defendía Mandela…. por eso, es curioso….

Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar, el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario.

Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. La gente tiene que aprender a odiar, y si ellos pueden aprender a odiar, también se les puede enseñar a amar, el amor llega más naturalmente al corazón humano que su contrario.

Que mejor que mantener la dignidad, tal y como este león la mantuvo en este cuento atribuido a Amado Nervo.

EL LEÓN QUE TENÍA DIGNIDAD

Los autores primitivos, guiados por apariencias engañosas, por analogías vagas, atribuyeron a los animales cualidades y defectos que están muy lejos de tener. La melena del león, su aspecto majestuoso, les sugirió la idea de ofrecerle el cetro y la corona de los irracionales, y lo hicieron rey, sin que él se diese cuenta de tamaña dignidad ni pareciese importarle un ardite; y lo literaturizaron, y lo esculpieron en mármoles, y lo fundieron en bronces, y lo grabaron en los sellos reales, y estamparon su silueta en escudos, en banderas, en estandartes y lo troquelaron con las monedas, a lo cual se debe por cierto, en España, que los cuartos se llamen «perros gordos» y «perros chicos», por una de esas ironías que suelen perpetuarse…

Pero vinieron los naturalistas modernos y rectificaron desdeñosamente la mayor parte de los conceptos legendarios que a las bestias se refieren. El león, tan exaltado antes, fué deprimido con pasión: ni era valiente, ni era tan fuerte como se creyó, ni merecía en modo alguno el cetro.

Se le negó, pues, la majestad real, que casi por derecho divino creíasele otorgada, y quién estimó que debía conferírsele al toro (que jamás mostró miedo a nada ni a nadie: que lo mismo embiste a un hombre, a un paquidermo o a una locomotora), quién pretendió que merecía la realeza el elefante, que, tras de ser el más fuerte de todos los animales, era el más inteligente y el más noble.

La verdad, en esto como en todas las cosas, a semejanza de la virtud, no estaba en los extremos, sino en el medio; in medio stat veritas. El león no era ciertamente el más fuerte de los animales; pero poseía algo merecedor de la realeza con que lo habían obsequiado los antiguos, algo que muchos hombres, muchísimos, suelen no tener: la dignidad.

De ello ha dado pruebas en ocasiones muy diversas, y últimamente yo he sabido un hecho que ha aumentado notablemente mi estimación por el viejo rey, moviéndome, en mi humilde fuero, a acatarlo de nuevo como a monarca.

Es el caso que, hará apenas seis meses, un grande de España, cazador par devant l’eternel, de los más perseverantes y resueltos, hizo un viaje al Atlas, con el ánimo decidido de matar algunos pobres leones que, después, disecados, con las enormes fauces abiertas, serían ornato de su museo cinegético.

Una tarde, estando él con algunos otros cazadores en acecho, frente a una colina boscosa en la falda (donde había guaridas de leones) y pelada en la cima, de pronto un espléndido ejemplar salió de su refugio y ascendió hacia la pequeña eminencia.

Apenas la fiera había dado algunos pasos fuera de los árboles y matorrales, cuando descubrió a los cazadores. Su olfato y su mirada avizora se los mostraron en seguida.
Un sol… africano, naturalmente, iluminaba la escena.

El león pudo y «debió», en cuatro saltos elásticos, vigorosos, ponerse a salvo de los magníficos fusiles de precisión, cuyos efectos conocía, merced a la terrible experiencia acumulada por el genio de la especie… Los cazadores esperaban esto y apuntaban ya, teniendo en cuenta la movilidad de la bestia…

Pero entonces, con pasmo de todos, aconteció algo extraordinario:  el león, «que sabía que era visto» por tantos ojos de hombres, ¡tuvo vergüenza de huir! Un sentimiento estupendo de dignidad se sobrepuso en él al pánico de la bala explosiva y certera, que no perdona, y pausada, majestuosamente, ascendió por la colina, volviendo a cada paso la cabeza para mirar a sus enemigos…

No quería, no, que lo viesen correr… Aquellos instantes supremos ponían en su corazón, sin duda, un temblor formidable; la muerte, a cada instante, lo amagaba… mas él seguía ascendiendo, lenta, muy lentamente.

Cuando llegó a la cúspide, empezó a descender, con la misma lentitud, hasta que juzgó que «ya no lo veían», y entonces, encogiendo todo el resorte de sus músculos poderosos, dio un salto, dos saltos… y se perdió en los declives de la parte opuesta de loma. ¡Quizá con un sentimiento inmenso de liberación!

La dignidad estaba a salvo: ya podía escapar.

Los cazadores, conmovidos ante aquella actitud tan clara, tan bella, tan poco humana, no habían disparado. ¡El león obtuvo gracia de la vida, merced a la sugestión de su maravillosa dignidad!

Hay veces que escucho el aire correr como un enloquecido diablillo locuelo alrededor. Con el viento, empujando enfrente a tí, sin dejarte dar un paso hacia adelante. No me asustas, aunque tus alaridos parezcan salir de la más profunda y oscura sima del norte.

No me importa, porque esperaré tus rachas tranquilos. Que sensación de tranquilidad dan los serenos a los que estamos a su alrededor al ver todo caer. Posiblemente sin la serenidad de los valientes, los cobardes habrían huido mucho tiempo antes.

Como sereno, como ejemplo de tranquilidad en el frenético presente, que mejor que recordar la altivez del ciprés. Serán poco reconocidos por su ubicación. Quizá, incluso, maltratados, pero su serenidad, su altivez, su constancia los mantiene siempre ahí. Son como los faros que en el mar guían a los veleros, pero en su caso, que mejor no rodearse de olas de cereal como en mi norte.

Por eso, ¡sopla viento! ¡No pares de soplar! No me moveré ni cambiaré mi destino. No cambiará la esbeltez del cipres por mucho que los empujones del norte lo intenten. No cambies tu altivez aunque el cielo azul del verano lo quiera aplastar, o al menos, acercar al suelo donde todo se pisa. Sigue, sigue… no pares ni cambies nunca, aunque no te entiendan, aunque no te escuchen, aunque no lo quieran ver.

Otros antes y mejor que yo explicaron esta sensación de altura y languidez del cipres. Que mejor que Gerardo Diego explicando el ciprés de Silos.

cipres de silos

Alto, sereno, espigado y esbelto el cipres de Silos escucha los cánticos antiguos de sus monjes….

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.