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Archivos Mensuales: enero 2015

Yo creo que al final, las películas que hemos visto de pequeño de Walt Disney, donde la justicia se impone, donde los problemas se arreglan solos o milagrosamente, nos han inculcado malos criterios.

Quizá, lo más real fue lo que me comentaron alguna vez por ahí. “En ningún sitio está escrito que la vida sea justa.” Esta cita sí que es real, si que es verídica como despertarse cada mañana. ¿Cuántas veces hemos actuado de buena fe, con nuestro mejor criterio, y al final nos hemos quedado con el verdadero problema? ¿Cuántas veces, por intentar mediar en algún conflicto, nos hemos encontrado al final acusados como los culpables?

Es una mala sensación. Es una tristeza que vuelve a tocarte en lo más profundo. Es el típico momento que, visto en perspectiva, tu crítica se vuelve hacia tí mismo para darte cuenta que cuan bien estaba calladito. Es duro, porque tus motivos no te caben más que ser los más nobles, los mejores y más respetables.

Por ese motivo, porque no se sabe ser de otra forma que un “meticón” para arreglar los problemas de los que te importan, porque intentas ayudar a aquellos que, cercanos y queridos, te piden ayuda y sin pensar en sus repercusiones en mañana, haces lo que debes, lo que está en tu forma de ser, en lo que te sale ya desde el parto, en lo que nunca se puede cambiar.  Ahora, después, cuando nos cuelgan el teléfono, cuando nos dicen cosas dolorosas, injustas a nosotros a todas luces, nos duele y nos da la tristeza de lo que pudo ser evitado, pero no convencido.

victima

Si sufres injusticias consuélate, porque la verdadera desgracia es cometerlas.

Por eso, para no sentirte aún más hundido como lo estoy yo hoy, que mejor que intentar leer a Dámaso Alonso y su poema “La injusticia”.

Pero tú vienes, mancha lóbrega,
reina de las cavernas, galopante en el cierzo, tras tus corvas pupilas, proyectadas
como dos meteoros crecientes de lo oscuro, 
cabalgando en las rojas melenas del ocaso,
flagelando las cumbres
con cabellos de sierpes, látigos de granizo.

Llegas,
oquedad devorante de siglos y de mundos,
como una inmensa tumba,
empujada por furias que ahincan sus testuces,
duros chivos erectos, sin oídos, sin ojos,
que la terneza ignoran.

Sí, del abismo llegas, 
hosco sol de negruras, llegas siempre,
onda turbia, sin fin, sin fin manante,
contraria del amor, cuando él nacida
en el día primero.

Tú empañas con tu mano 
de húmeda noche los cristales tibios
donde al azul se asoma la niñez transparente, cuando
/apenas
era tierna la dicha, se estrenaba la luz,
y pones en la nítida mirada
la primer llama verde 
de los turbios pantanos.

Tú amontonas el odio en la charca inverniza
del corazón del vejo,
y azuzas el espanto
de su triste jauría abandonada 
que ladra furibunda en el hondón del bosque.

Y van los hombres, desgajados pinos,
del oquedal en llamas, por la barranca abajo,
rebotando en las quiebras,
como teas de sombra, ya lívidas, ya ocres, 
como blasfemias que al infierno caen.

… Hoy llegas hasta mí.
He sentido la espina de tus podridos cardos,
el vaho de ponzoña de tu lengua
y el girón de tus alas que arremolina el aire. 
El alma era un aullido
y mi carne mortal se helaba hasta los tuétanos.

Hiere, hiere, sembradora del odio:
no ha de saltar el odio, como llama de azufre,
de mi herida.
Heme aquí: 
soy hombre, como un dios,
soy hombre, dulce niebla, centro cálido,

pasajero bullir de un metal misterioso que irradia
la ternura.

Podrás herir la carne
y aun retorcer el alma como un lienzo: 
no apagarás la brasa del gran amor que fulge
dentro del corazón, bestia maldita.

Podrás herir la carne.
No morderás mi corazón, 
madre del odio.
Nunca en mi corazón,
reina del mundo.