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Archivos Mensuales: febrero 2015

Dicen que los que sobreviven son aquellos que saben adaptarse a todas las posibilidades, a todas las circunstancias que se presentan en sus vidas. Curioso, porque siempre pienso que las circunstancias se presentan por algún motivo, alguna razón que hace que salga lo mejor y lo peor de tu persona. Sale el bondadoso y el ruin, el caritativo y el huraño. Todos tenemos esa mezcla curiosa, esa conjunción de factores que tenemos buenos y malos. Muchos de ellos simplemente son; porque vienen de miedos, sensaciones dolorosas que no queremos repetir.

Por eso, estas mezclas que se producen en las personas me sorprenden, al igual que me sorprenden ciertas actitudes o posiciones que yo mismo me he visto tomar. Antes, cosas que eran absolutamente blancas o negras, acciones buenas o malas se confunden en un mundo de multitud de tonos de infinitos colores, difuminándose en nebulosas de multitud de tonalidades.

Será porque me hago más mayor y los comentarios tampoco llegan a ser claros y los claroscuros están por todas las partes; voluntarios o involuntarios, predefinidos o postdefinidos una vez leídos o escritos. Los criterios y juicios se me siguen produciendo de forma automática, pero cada vez más, voy dejándome llevar por la escucha o estudio de distintas posibilidades. Quizá el resultado no tenga tanto valor como el camino que han llevado las cosas hasta que terminan de producirse.

Por eso, aunque haya veces que nos emocionemos, aunque haya veces que todos los puntos nos indiquen un sentido, una dirección, un criterio, quizá la nieve se mezcle con el fuego, sin que seamos conscientes…y mucho menos aún, inconscientes.

No fue un sueño, lo vi: La nieve ardía.

No fue un sueño, lo vi: La nieve ardía.(foto de larred.es)

 

Para terminar este curiosa tarde de febrero, donde el sol, la nieve, el viento y nosotros nos damos encuentro, que mejor que este poema de Ángel Gómez

ASÍ NUNCA VOLVIÓ A SER

Como llevaba trenza
la llamábamos trencita en la tarde del jueves.
Jugábamos a montarnos en ella y nos llevaba
a una extraña región de la que nunca volveríamos.

Porque es casi imposible abandonar
aquel olor a tierra de su cabello sucio,
sus ásperas rodillas todavía con polvo
y con sangre de la última caída
y, sobre todo,
la nacarada nuca donde se demoraban
unas gotas de luz cuando ya luz no había.
Allí me dejó un día de verano
y jamás regresó
a recoger mi insomne pensamiento
que desde entonces vaga por sus brazos
corrigiendo su ruta, terco y contradictorio,
lo mismo que una hormiga que no sabe salir
de la rama de un árbol en el que se ha perdido.