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Archivos Mensuales: diciembre 2016

Hay días, hay momentos que sigo viviendo en una falsa sensación de realidad. Lo que suele pasar en estos momentos es sentirme dentro de un gran escenario y con un montón de gente alrededor actuando, siguiendo unos dictados que no son propios. No son naturales y actúan programados por los criterios de otros, que jamás ni conozcan. No siento enfado, siento pena. Pena por ellos y pena por mí.

Pena por ellos porque jamás podrán reconocer que no les gusta sus ideas prefabricadas, no les gustan sus criterios de valoración de personas, aquellas que curiosamente tampoco pasarían ellos si fueran normales. No puedo decir que que no sean felices, aunque sin propios criterios viven la vida que ellos quieren vivir… pero lo peor de todo, es que antes sentía pena por mí. Pena por no coincidir en nada con esos criterios de humanidad, de valores, de sentimientos, de gustos, de esperanza o de criterios de vida.

Somos libres: libres como las barcas perdidas en el mar. John Dos Passos

Somos libres: libres como las barcas perdidas en el mar. John Dos Passos

Hoy ya no lo quiero sentir así. Quiere revindicar la libertad de ser uno mismo. La libertad de pensar, actuar, obrar, sentir exactamente en libertad, en conciencia y con confianza de aplicar y valorar mis criterios. Que más vale un minuto de libertad que cien años de encierro…

Por eso, por este motivo, durante el tiempo que no escribí, muchas veces pensaba en Marcos Ana y su largo periodo de cautiverio, pero sólo físico, porque mental siguió libre como el viento.

Os dejo un poema suyo que me encanta sobre la libertad…
Mi casa y mi corazón
(sueño de libertad)

Si salgo un día a la vida
mi casa no tendrá llaves:
siempre abierta, como el mar,
el sol y el aire.

Que entren la noche y el día,
y la lluvia azul, la tarde,
el rojo pan de la aurora;
La luna, mi dulce amante.

Que la amistad no detenga
sus pasos en mis umbrales,
ni la golondrina el vuelo,
ni el amor sus labios. Nadie.

Mi casa y mi corazón
nunca cerrados: que pasen
los pájaros, los amigos,
el sol y el aire.

 

O esta canción que me encanta de León Benavente… porque quizá los criterios prefabricados socialmente puedan ser ésto…

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Muchos días pasan, y casi todos, por algún motivo recuerdas a gente que te has cruzado en tu vida y por algo, de repente, aparece de nuevo y se presenta su recuerdo ante tí.

Quizá, simplemente andando por la ciudad, paseando por un parque, una canción en la radio cuando vuelves de trabajar en una tarde cualquiera, quizá en ese momento alguien se acuerde de tí. Se acuerde de las vivencias conjuntas, de los momentos pasados en otras circunstancias completamente distintas… cuando necesitaste un consuelo, cuando escuchando una frase inspiradora, cuando reflexionaste sobre situaciones que antes no habías pensado. Por eso, al final, nada más que la mochila de momentos en lugares con personas que lo hicieron especial es lo único que podemos llevar haya donde vayamos, mientras vivamos, mientras existamos, mientras soñemos y modifiquemos nuestro pasado para entender nuestro presente…

 

acuerdate-de-mi

“Si alguna vez la vida te maltrata, acuérdate de mí, que no puede cansarse de esperar aquel que no se cansa de mirarte.” Julio García Montero

Esta entrada me vino a la mente cuando escuche esta canción de este grupo, que hasta hace poco era completamente desconocido, pero, por circunstancias variadas se ha colado en mi vida y me hace sentir cosas profundas porque conecta con mis sentimientos. Además, este video, curiosamente, está grabado en mis paisajes de infancia y juventud, donde disfrute cada segundo y me han marcado para siempre…

Si. He vuelto…

He vuelto a ser quien era, a sentirme tal y como era. Sin presiones ni agonías. Vuelvo a intentar ser quien nunca tuve que dejar de ser. Vuelvo a seguir mi destino, mi camino, mi trayectoria vital. Esa de la que nunca nos podremos deshacer ni cambiar. Esa que siempre, en lo más profundo de tí, sabes que te espera, que te conduce al final ineludible, como el río que en el embalse crece y se convierte en lago, pero que sabe en su parte más profunda, más oscura y menos visible, que el caudal volverá a recorrer llanos y la estepa que terminará, algún día en el océano.

Vuelvo porque merezco ser de nuevo el dueño de mi destino. Vuelvo porque quizá, en algún lugar, a alguien pueda ayudar y recordar que no las personas no cambian. Nos camuflamos de otras cosas, pero nunca cambiamos. Jamás cambiamos y jamás cambian. No se puede intentar sentir algo que no va contigo. Algo que no mueve los hilos ocultos de tu personalidad, haciéndonos sentir fríos cuando el alrededor quema. Algo que quema cuando lo que rodea es gélido.

He vuelto por los que me quieren…. los que me quieren de verdad que me han recuperado. Los que nunca se esconden cuando el verdugo te viene buscando. Los que te escuchan, los que te cuentan y te vuelven a hacer sentir lo que ya ellos han vivido, lo que han sentido, añorado o deseado. Los que te dan la oportunidad, los que te respetan por el mismo motivo que tú les respetas a ellos.

Volveré a verme en el espejo. Volveré a encontrarme en mi espejo, aquel que muestra las nubes sobre mi cabeza rozando la copa de los árboles hoy vacias de hojas que esperan con alegría volver a mostrarse a los pájaros, a los insectos, a cualquiera que pueda tapar rozadas por el viento….

Volver donde las nubes reflejen el movimiento del viento...

Volver donde las nubes reflejen el silbido del viento…

Y para hablar de volver, que mejor poema que “El Retorno” de Amado Nervo….

“Vivir sin tus caricias es mucho desamparo;
vivir sin tus palabras es mucha soledad;
vivir sin tu amoroso mirar, ingenuo y claro,
es mucha oscuridad…”

Vuelvo pálida novia, que solías
mi retorno esperar tan de mañana,
con la misma canción que preferías
y la misma ternura de otros días
y el mismo amor de siempre, a tu ventana.

Y elijo para verte, en delicada
complicidad con la Naturaleza,
una tarde como ésta: desmayada
en un lecho de lilas, e impregnada
de cierta aristocrática tristeza.

¡Vuelvo a ti con los dedos enlazados
en actitud de súplica y anhelo
-como siempre-, y mis labios no cansados
de alabarte, y mis ojos obstinados
en ver los tuyos a través del cielo!

Recíbeme tranquila, sin encono,
mostrando el deje suave de una hermana;
murmura un apacible: “Te perdono”,
y déjame dormir con abandono,
en tu noble regazo, hasta mañana…